Introducción
Es deber de la ciencia ofrecer una explicación rigurosa y completa de la complejidad de los hechos que componen el mundo actual e idear teorías y modelos intelectualmente satisfactorios para nuestra mente inquisitiva. Pero, al mismo tiempo, este proceso de la ciencia no puede partir de la nada, o al azar, sino que siempre lo hace asumiendo unos presupuestos que juzga evidentes, seguros y confiables; y, cuando no es así, puede llegar a conclusiones decepcionantes, como la que experimentó el gran matemático y lógico alemán Gottlob Frege, de la Universidad de Berlín, en la construcción de su famosa lógica matemática: “cuando apenas habíamos completado el edificio –dice– se nos hundieron los cimientos” (Racionero-Medina 1990: 88).
En las últimas décadas, la proliferación de las ideologías que se han originado en el siglo XX, y la frecuencia de uso sin mayor precisión de los conceptos relacionados con la complejidadde nuestras realidades actuales y la inter- y transdisciplinariedad que su estudio y comprensión requieren, pareciera que han obnubilado la mente de muchos docentes universitarios, cuyos horizontes y misión han quedado opacados por esa situación.
Las grandes preguntas que nos hacemos hoy día giran entorno a las raíces y soportes de la ciencia y del conocimiento humano en general, es decir, son de naturaleza filosófica: ¿qué es la verdad?, ¿qué significa conocer?, ¿en qué consisten exactamente la verificación y la validación?, ¿cómo se originó la vida?, ¿qué sentido tiene el Universo?, ¿somos inevitables o estamos aquí por pura casualidad?, ¿es cierto que toda la realidad procede de los retorcimientos de bucles de energía en un hiperespacio de once dimensiones?, etc. Se trata, en fin de cuentas, de ahondar en nuestro conocimiento considerado como el más seguro porque lo creemos “científico”, pero ¿con qué concepto de ciencia? Y, en todo caso, ¿es la ciencia clásica la única vía para la adquisición de un conocimiento seguro, confiable y defendible epistemológicamente?
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